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Artículo publicado en Ursonate Fanzine 000000003 (2013)
Versión online: https://ia601407.us.archive.org/29/items/UrsonateFanzine003/UrsonateFanzine_003.pdf

En el Centre Civíc Can Felipa se abren las ventanas. El calor aprieta en el ático en forma de enorme buhardilla de esta antigua fábrica textil del siglo XIX de Barcelona. Cuando los músicos no tocan se busca que la corriente refresque el ambiente. Quizás también limpiar el aire para nuevas músicas, para que fluyera el silencio. Aquel fin de semana de junio se reunían algunos músicos de todo el estado que se dedican a la improvisación en unas jornadas autogestionadas bautizadas como “Bestiario” organizadas por los músicos Ruth Barberán, Alfredo Costa Monteiro y Lali Barriere con el propósito que los músicos pudieran conocerse entre ellos, “hacer sesiones de trabajo para tocar y hablar, y ofrecer conciertos de distintas formaciones”. Una iniciativa inédita sin duda en el estado. Sin restricciones respecto a los instrumentos, sin restricciones sobre las ideas, sin restricciones sobre la formación académica de los integrantes, sin etiquetas musicales. Sin restricciones de los animales, reales o fantásticos, que saldrían de ese nuevo bestiario. Todo era posible, incluso los desencuentros. No se habló de géneros musicales sino del proceso musical. Y cada vez que los músicos no tocaban se habrían las ventanas como si los animales quisieran eliminar, aún más, cualquier indicio de jaula a su alrededor.

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Veamos. En aquel espacio de techos altos, los músicos y sus instrumentos se han colocado en forma de círculo: Wade Matthews (electrónica, grabaciones de campo / Madrid), Alfredo Costa Monteiro (guitarra preparada / Barcelona), Lali Barriere (objetos amplificados / Barcelona), Héctor Rey (electrónica / Bilbao), Miguel Angel García (electrónica / Bilbao), Ruth Barberán (trompeta, percusión / Barcelona), Alejandro Rojas-Marcos (piano y piano preparado / Sevilla), Marta Pisonero (viola /Jerez de la Frontera), Luis Tabuenca (batería, percusión / Burgos), y Juan Matos Capote (circuit bending / Las Palmas de Gran Canaria). 10 músicos y algunos observadores-crónistas como el veterano periodista musical Chema Chacón (Oro Molido) y José Luis Espejo (Fanzine Ursonate), que eran los encargados de romper el reinado de “el proceso” durante los días de Bestiario. Eran los que tendrían la responsabilidad de enjaular lo que sucedió con palabras, poner etiquetas, analizar y criticar aquello que los músicos preferían no hacer en sus conversaciones.

¿Es posible la música en un contexto de libertad total, sin ciertas convenciones, sin aceptar algunas reglas? Esa sería una de las preguntas latentes durante ambas jornadas, en las que todo giró en torno a la improvisación. Aunque había una mínima estructura de lo que sucedería aquellos dos días, el contenido se tendría que concretar allí mismo tal y como ocurre cuando los músicos se juntan para tocar e improvisar, que confían ciegamente en el interplay y la creación conjunta. “La conversación sirve para crear sociabilidad”, resaltó Wade Matthews, gran teórico de la improvisación, citando al filósofo y sociólogo George Simmel. Así que tocar música unos con otros podría ser considerado como otra forma de conversación y, por lo tanto, de conocimiento mutuo. Los animales y los músicos improvisadores también tienen sus códigos de sociabilidad.

Resultó interesante asistir a la creación de los contenidos de las charlas, la puesta en marcha de la maquinaria de la ideas partiendo del silencio y de una hoja en blanco. Aunque no como oyente no siempre  fue fácil aceptar la presencia constante de la incertidumbre humana, el “pero” de última hora, el matiz infinito, el contraste eterno de las opiniones sin que haya un director que ayude a ordenar ideas y sacar conclusiones. Muchas veces todo quedaba en el aire, sí, como cuando uno asiste a un concierto de música improvisada. En el Bestiario no habían directores, pero sí músicos veteranos que preferían no enjaular ideas con etiquetas, sino dar todo el protagonismo al proceso, dotándolo de más importancia que el propio resultado.

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El gran reto de empezar a llenar hojas en blanco llegó una vez los músicos hubieron montado todo sus instrumentos en la sala. Las primeras conversaciones, espontáneas, giraron alrededor de como el instrumento determina una forma de hacer música. Hablaron sobretodo Costa Monteiro y Matthews, quizás los más experimentados en reflexionar en voz alta. “La mayoría de los músicos tienen un concepto de instrumento y una técnica asociada a ese instrumento”, dice el segundo. “ Alfredo [Costa Monteiro], te he visto tocando de todo y construyendo tu instrumento según el momento o el concierto”. Por su lado, Costa Monteiro se preguntó si es necesario el instrumento para tocar y si se puede tocar sin tener una técnica precisa. Otra cuestión interesante surgió cuando después de una de las sesiones de trabajo musical, Lali Barriere confesó en voz alta sentirse fuera de la música. “Qué hay que hacer en esos casos?” preguntó. “Pues de callas”, dice Matthews. “No se trata de tocar, sino de hacer música. Si no notas que no tienes que decir nada , puedes aportar tu presencia y tu escucha”, prosiguió. “Sino no estás escuchando eres una losa para los demás. Entonces, quítate del escenario”. Más tarde se habló de la relación entre música y público. Quedó claro que ciertas formas musicales complejas y radicales pueden ser excluyentes así que los músicos se cuestionaron como acercarse a los oyentes sin hacer concesiones artísticas.

En general la dinámica de las charlas fue interesante a pesar que en la segunda jornada se fueron diluyendo y copadas por los más veteranos. Cuando el periodista Chema Chacón preguntó sobre el compromiso para con estas músicas hubo una pequeña desbandada del sector más joven, como si les incomodara hablar sobre esta cuestión al sentir la presión de tener que vivir el compromiso y la militancia como la generación predecesora cuando su vivencia es distinta. Al menos eso me pareció. Curiosamente, fue durante las cenas cuando se formaron corrillos en los que, quizás con menos presión, algunos músicos se sentían más libres para hablar. Un buen ejercicio era saltar de grupo en grupo para ir cazando al vuelo ideas de todo tipo, desde unas aventuras musicales en Nueva York a la compleja gestión de la orquesta de improvisación conducida Entenguerengue de Málaga.

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Respecto a las sesiones de trabajo musical de Bestiario, se fueron probando diferentes formatos para “provocar situaciones”, algunos más exitosos que otros. Uno de los ejercicios propuestos enfrentó al grupo a la cuestión de la libertad. Se sugirió repartir papelitos en los que cada uno debía de escribir una palabra o concepto y tocar en función de eso. “Pero es que entonces lo limitamos a las palabras”, comenta Ruth Barberán. De nuevo aparece el fantasma de la regla, la limitación.¿Es realmente posible la práctica sin una mínima convención? Pero a pesar de las dificultades para definir el ejercicio, hubo voluntad constante de colaboración y el ambiente es relajado. El ejercicio resultante consiste en que cada uno tenía que decir algo al oído a otra persona de su elección y en función de eso tocan. El bilbaíno Héctor Rey optó por ser más intervencionista, guardando la viola en la maleta ante la mirada atónita de su propietaria, Marta Pisonero. La situación, que tubo algo de performance, permitió repensar la música como un arte total. ¿Es el gesto música? ¿Es música cuando no suena ni una sola nota? Otro momento destacable apareció cuando a propuesta de J.L. Espejo se propuso tocar tomando como inspiración la lectura de un fragmento del libro “Contribución a la guerra en curso” (Gilles Deleuze / Tiqqun) sobre le sentido de las autopistas. Pero fue el concierto final, el del domingo por la noche, lo más jugoso a nivel musical. Se colocaron una sillas dentro del interior del círculo de músicos para que el público (escaso, hay que decirlo) pudiera escuchar la música des de un lugar poco habitual.  Fue una sesión, fluida, rica, enérgica, casi como una revancha de las escurridizas charlas teóricas en las que no todo el mundo se vio capacitado para intervenir. En aquel círculo todos, todos se entendieron y se comunicaron con su propio lenguaje. Luego se volvieron a abrir las ventanas. Fluyó el silencio, el runrún de la noche y las cervezas.

Fotos: Lali Barriere

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