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El trombonista Johannes Bauer (Halle, 1964), nacido en la antigua República Federal Alemana (RDA), comenta en un reciente encuentro con la periodista como el disco “Machine Gun” (FMP,1968), de Peter Brötzmann Octet, le impactó y así mismo dejó huella en toda una generación de músicos de las dos Alemanias. Aquel artefacto sonoro se sigue aún analizando como un alegato contra la guerra del Vietnam a pesar que su artífice, el saxofonista Peter Brötzmann (Wuppertal, 1941), alemán el oeste, nunca se ha pronunciado con concreción sobre ello. Lo que sí quedó claro es que aquella violenta lírica destruía lo establecido: el ritmo, la armonía tomaban una nueva dimensión y a través de la improvisación libre se construían nuevos discursos musicales más viscerales e imprevisibles. Europa empezaba a hacerse eco así tanto del jazz libertario y espiritual que Ornette Coleman o Albert Ayler estaban practicando en Estados Unidos, como de la investigación sobre la aleatoriedad de compositores como John Cage, Karlheinz Stockhausen o Earle Brown.

Seguramente no fue casualidad que “Machine Gun” surgiera en Alemania, que por entonces ya llevaba 20 años dividida y sufriendo en primera persona las consecuencias de la Guerra Fría. La generación de Bötzmann fue la pionera, la que abrazó la mentalidad DIY (son los propios músicos los que tocan, organizan conciertos y publican sus propios discos) y la que observaba con ansia las revoluciones juveniles de los 60. La de Bauer, vino poco después. Pero desde la RDA las cosas tenían un color distinto. El trombonista cuenta que para el régimen comunista la colectividad era lo más importante y la políticas culturales tenían como objetivo que el individuo renunciase a su identidad a favor de ésta. Para los músicos que se dedicaban a la improvisación conseguir que un grupo sonara compactado era primordial pero, a diferencia del pensamiento soviético, el proceso colectivo musical sólo tenía sentido si cada individuo podía expresar su propia singularidad. Este pequeño pero importante matiz podía convertir los conciertos en espontáneas asambleas contestatarias a pesar que el ingrediente político no fuera la principal motivación. Era una consecuencia. El periodista musical Alex Ross califica a ese nuevo jazz surgido entonces como “intuitivo, íntimo, colaborativo; era serio mientras se pensaba, pero lúdico cuando se tocaba” (“El ruido eterno”, Seix Barral, 2009).

* Así empieza el artículo publicado en mayo de 2012 en número 306 de la revista Rockdelux sobre la Echtzeitmusik de Berlin. El resto del artículo lo podréis leer pronto en http://www.rockdelux.com 

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