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“La Trinidad”, El Greco (1577)

Las imágenes de las numerosas caídas que se están sucediendo en este Tour de Francia – hasta 17 corredores se han ido a casa por diversos traumatismos y roturas por el momento – se asemejan demasiado a algunos de los cuadros de El Greco. Los mecánicos, los asistentes de los equipos y los médicos acuden a socorrer a sus ciclistas como feligreses que recogen a sus santos del suelo después de ser escupidos del cielo,  magullados, heridos, ensangrentados, rotos, pálidos del susto, del golpe, del dolor por la crucificción, por haber sido desterrados, por las fracturas de huesos, del ánimo.

Caer es golpearse contra el suelo, es desprenderse de algo, es dejar de ser, desaparecer. Es un punto de inflexión, un cambio súbito cuyo abasto es imposible calcular de inmediato. Cuando uno se cae en plena de carrera, puede chocar contra el asfalto, puede desprenderse de la bicicleta, puede romperse los huesos, puede salirse de la carretera, puede acabar en un barranco, puede desaparecer de la competición, puede que abandone. El 13 de julio de 1941, el ciclista Luis Ocaña fue expulsado de la gloria en el descenso del Col de Mente en el Tour de 1971 mientras vestía la túnica amarilla que abre todas la puertas del cielo. Aquel accidente, del que ahora se cumplen 40 años, ha sido uno de los más mitificados de la historia del ciclismo. Su abandono dio vía libre a Eddie Merkx que acabaría ganando la ronda francesa ese año. En 1943, Ocaña resurgió de sus cenizas ganando sobradamente el Tour imponiéndose en seis etapas. Otra recordada caída fue la de Joseba Beloki en el Tour 2003, cuando se partió la cadera y un brazo bajando La Rochette. Los dos accidentes dieron imágenes parecidas.

Luis Ocaña, Tour 1971

Joseba Beloki, Tour 2003

Aunque fue en otra gran competición por etapas, el Giro del 2009, me permito hacer una mención especial a la espectacular caída que sufrió Pedro Horrillo al desplomarse 80 metros por un barranco. Milagrosamente lo encontraron vivo y consciente con múltiples contusiones y traumatismos. Del suceso sólo existen imágenes de su rescate en helicóptero.

La caída es parte intrínseca del ciclismo así que desde la aparición de la televisión en las competiciones es sabido que en cualquier momento puede haber una montonera, un enganchón, un desequilibrio y desgraciadamente, un final fatídico. Y cuando eso ocurra, allí habrá un objetivo y un público mirando. Sabido esto, es de suponer que el periodista debe haber reflexionado sobre cómo debe reaccionar, cómo debe retratar una fatalidad que por otro lado tiene un efecto imán: cuando un deportista cae una nube de fotógrafos y cámaras de video y televisión lo rodean como moscas que se pelean por obtener el mejor plano en el mínimo tiempo posible. El resultado pictórico suele tener mucho en común con el imaginario judeocristiano. En el caso de la televisión, el cámara lucha por acercarse al máximo a la escena, moviéndose entre el caos de gente y vehículos de asistencia, convirtiéndose en los ojos del espectador que como un curioso compulsivo se abre paso agresivamente para ver al maltrecho ciclista.

Jurgen Van Den Broek, Tour 2011 (foto de foto de Chrisophe Ena / AP)

“Pietá”, El Greco (1587)

Si la televisión hubiera existido cuando bajaron a Jesús de Nazaret de la cruz, hubiera sido un acontecimiento con una audiencia histórica. Entonces seguro que hubiéramos visto sangre o rastros de sangre, tal y como lo quiso relatar Mel Gibson cuando dirigió la película “La pasión de Cristo” (2004), muy criticada por su explicidad. En los cuadros de El Greco casi no hay sangre. En las pinturas de temática bíblica casi no hay sangre. En la vida real, puede haber mucha sangre, como en dicho film. Cuando un ciclista roza su cuerpo contra el asfalto, puede que la escena se tiña de rojo. Lo que entonces captan las cámaras son imágenes inquietantes, conmovedoras, bellas, que activan la compasión, que contribuyen a la empatía del espectador. Ante un cuerpo tendido en el suelo, heridas abiertas,  ropas rasgadas, la muerte sobrevuela la escena sigilosamente pero se esfuma cuando ve al cuerpo aún respirando, cuando oye los pensamientos obsesivos del ciclista: lo único que quiere es volver a subirse a la bicicleta. ¡Y ya mismo! Pero ¿qué pasa cuando la muerte decide participar?

La sangre corrió en el Tour en la meta de Armentiere cuando Laurent Jalabert se vio implicado en una violenta montonera que le dejó sin media dentadura. Fue quizás uno de los momentos más estremecedores vistos en carrera, juntamente con el de la muerte de Tom Simpson en 1967 cuando subía el Mont Ventoux debido a un fallo cardíaco por una mala combinación de anfetaminas y calor. Un pequeño monumento conmemorativo postrado en aquella recta fatídica mira cada año a miles de ciclistas pasar a su lado como una aparición de la montaña, como una de esas vírgenes empotradas en la roca que aparecen de forma inesperada. Y uno piensa que si alguien la colocó allí es por algo y le recorre un escalofrío por la espalda.

Montonera en la que se vio implicado Laurent Jalabert, Tour 1993

También es recordada la muerte del italiano Fabio Casartelli en el descenso del Col de Portet-d’Aspet en 1995, cuya imagen me abstengo de reproducir (puede encontrarse fácilmente por internet a través de cualquier buscador). Iba sin casco y murió casi en el acto al darse de bruces contra el asfalto. Fue una violenta muerte televisada en directo y la figura inmóvil de Casartelli con la cabeza contra el suelo sobre un río de sangre se fotografió hasta la saciedad, lo que conllevó un cierto debate sobre los límites del derecho a la información y la intimidad de la espiración, tanto por el afectado como por su familia que lo debía estar viendo en directo. Ante un suceso de este tipo, ¿es lícito seguir grabando y televisar la escena hasta sus últimas consecuencias? ¿Hay que publicar la foto de un tipo moribundo?

“Laoconte”, El Greco

En la etapa del pasado domingo 10 de julio, la novena, hasta cinco ciclistas tubieron que irse a casa por diversos tipos de roturas: Jurgen Van den Broek, de omóplato; Alexander Vinokurov, de cabeza de fémur; Amets Txurruca, de clavícula; David Zabriskie, de muñeca;… Todo lo vimos por televisión, todo lo vimos en las galerías de fotos de los medios digitales. Los ciclistas se quejaban de una curva mal señalizada, de que los hacían pasar por carreteras demasiado estrechas, de los nervios que siempre existen en la primera semana de competición. La etapa dio algunas imágenes afines a una tradición iconográfica cristiana, a todas las representaciones de la “pietá” existentes, pero con siempre con la presencia de un cámara, de un fotógrafo en la escena. Són los protagonistas anónimos cuya presencia es constante y su visión, nuestra visión, subjectiva. El efecto es parecido al de la técnica de cámara en mano usada en el cine para dar realismo a las imágenes dentro de un contexto de ficción. A los ciclistas no les gusta nada que los graben mientras sufren, que retransmitan su debilidad a millones de espectadores, ya que están totalmente indefensos ante los medios. Pero, ¿qué pueden hacer?

Rescate de Alexander Vinokurov seguido de un cámara de televisión, Tour 2011

“Pietá” (otra), El Greco (1575)

Breve en La Vanguardia (11/07/2011)

One thought on “ᴥ LA CAÍDA TELEVISADA (I) – imágenes del Tour de Francia

  1. Retroenllaç: ᴥ LA CAÍDA TELEVISADA (II) – atropello en el Tour « El mètode Klosé

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