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Hoy la prensa y los medios en general hacen repaso de la situación de la mujer trabajadora en el mundo. Siendo yo también mujer debería sentir una fuerte empatía con este tipo de informaciones, sentir que formo parte de un gran todo femenino por el que debo luchar y debo defender, porque ya bastante discriminación ha sufrido, porque bastante ninguneado ha sido ya. Pero lo cierto es que vivo con cierta indiferencia pública, que no privada, este día, quizá porque no creo que el hecho se ser mujer me haga ser diferente ni especial ni tenga que salir a la calle para reafirmar-me. Hoy no iré a ninguna manifestación, pero sí que me manifestaré trabajando lo mejor que pueda en silencio para que se me valore por mis capacidades, para que el hecho de ser mujer no sea un valor añadido. Además estos días de clamor feminista huelen a un compañerismo sindicalista que no comparto.Yo no he escogido ser mujer, por lo tanto lo vivo como un algo que me ha tocado por azar y no hago bandera de ello.  Si algún día tengo hijos quizá cambie mi visión de la vida, pero de momento és lo que siento.

Tampoco entiendo las libertades que hay entre nosotras, como si formáramos parte de una secta en la que se nos obliga a ir desnudas por los vestuarios de los gimnasios sin pudor exhibiendo una libertad sin tapujos incontestable porque es la que tiene que ser porque, claro, somos todas mujeres y todas tenemos lo mismo y no tenemos porque escondernos! Fuera represión! Perdón, pero no me apetece que todo el mundo note que tengo la regla. Precisamente somos las mujeres las que nos miramos el culo en silencio por la calle para ver si las demás lo tienen más gordo o no que nosotras. Así que no entiendo ese mundo feliz de complicidades cuando tenemos una mente perversa y compleja. ¿Somos las mujeres las únicas que nos entendemos entre nosotras? Lo pongo en duda. Sí, soy hija de la sociedad de la (des)información, soy individualista, poco solidaria con las grandes causas, desconfiada, y descreída con la influencia de las manifestaciones públicas en democracia. Pero en cambio con gran capacidad para el cabreo y la conspiración y la pregunta.

El día 8 de marzo me gusta sentir que soy persona. Sé que mi abuela no se sintió persona durante muchos años debido a una guerra civil, a una emigración penosa, a un trabajo infrahumano en fábricas textiles, aunque la palabra “infrahumano” no existía entonces. Siempre me cuenta pasó años casi sin tener dinero para comer. Tampoco salió nunca a la calle para protestar porque la palabra “protesta” tampoco existía antes. Yo siempre he tenido dinero para comer, aunque también he pasado hambre por motivos económicos cuando me independicé y me fui a vivir a otra ciudad. Pero claro, no es lo mismo. Como tampoco mis objetivos en la vida son los mismos: aún no me he casado, no tengo hijos, no paso cuentas con Diós ni con el párroco, no aspiro a tener casa de propiedad – de hecho no tengo ninguna propiedad a parte de mis instrumentos musicales – y no tengo un trabajo estable. Leo artículos de mujeres a las que sus maridos rocían la cara con ácido y pierden los ojos y la nariz, de mujeres que no tienen derecho al trabajo porque su misión es tener hijos como las vacas, mujeres que por el mismo trabajo reciben menos dinero que un hombre. Y ante eso me pregunto qué soy, qué tipo de vida llevo, si debería salir a protestar por todas esas mujeres porque mi situación es privilegiada. Siempre he tenido zapatos para ir por el mundo y las posibilidades de que un día tenga que llevar burka o que un hombre me mate por los celos o por el honor de la familia son muy bajas.

Reconozco que me he ahorrado mucha lucha, las feroces feministas de los 70 me han allanado el camino, que soy fruto de la democracia y sobre el papel disfruto de igualdad de derechos y de oportunidades de acceso al trabajo. Quizá a veces no valoro mi situación privilegiada lo suficiente, puede ser, pero eso no me impide tener mi propia opinión sobre el feminismo y cabrearme por sentirme un objeto de cambio cuando se aplica la paridad laboral de forma obligatoria y aparecen iniciativas como las del FC Barcelona de llenar el palco de mujeres. Actualmente el favoritismo es discriminación. Mi madre no pudo ir a la universidad y mi abuela no entiende su vida si no le hace la cama a mi hermano. Yo quiero ser diferente, y de hecho ya soy diferente, pero mis acciones no pasan por la manifestación pública ruidosa. Pasan por estar rodeada de hombres y no sentirme favorecida ni sobreprotegida por ser de otro sexo. Quiero que se me exijan igual y quiero que se me valore por mis capacidades, por hacer mi trabajo sin que el hecho de ser mujer sea un valor añadido ni levante desconfianzas premeditadas. Eso me obliga muchas veces a esforzarme más. Pero creo que protestar públicamente iría en mi contra. Mi lucha consiste en criticar a otras mujeres si no hacen bien su trabajo, si son unas pésimas conductoras o son malas personas. Tal y como lo haría con un hombre. Mi aportación a esta causa consiste en no aceptar que un hombre me ceda el paso por tener tetas, en no aceptar que hay cosas que no puedo hacer porque soy chica, en matar el machismo con acciones concretas. Creo que esa es mi aportación al “feminismo silencioso”, el que avanza dentro de lo más profundo de la sociedad como un gusano barrenador sin que nadie lo note, calando hondo, sin exhibicionismos contraproducentes. Odio el color rosa.

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