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(Publicada en Tomajazz.com / 1 de nov, 2009)

Agustí Fernández (piano) y Evan Parker (saxo tenor) aparecieron en escena vestidos de riguroso negro, sobriedad que contrastaba con las gigantescas cortinas violetas de terciopelo que adornaban la sala Oriol Martorell del Auditori de Barcelona. La estampa recordaba la estética de alguna escena rodada por David Lynch, cineasta especialista en empujar al espectador a mundos desconocidos que rozan las ambigüedades del subconsciente. Como la música improvisada, supongo. La actuación a dúo casi inédita hasta la fecha entre dos de los mejores músicos de la free music europea, uno mallorquín, el otro inglés, era una propuesta poco habitual en la programación del Festival de Jazz de Barcelona, normalmente conservador y poco amante del riesgo, como lo es parte del público que acude a los conciertos de este certamen que ya supera las cuatro décadas de existencia. Un matrimonio de jubilados de la fila de delante se removió con inquietud en sus asientos durante todo el concierto. El señor de mi derecha no paró de mirar el reloj esperando a que el árbitro pitara el final para irse corriendo. Otros en cambio se abrieron de mente y corazón para dejarse embaucar por el hechizo de dos grandes epicúreos, porque sin amor ni placer por la música se puede tocar así, saltando al vacío para musicarte a ti mismo y ayudar al otro a musicarse.

Fernández y Parker son dos viejos conocidos que ya llevan 15 años encontrándose en otros proyectos como “Topos”, con Barry Guy (contrabajo) y Paul Lytton (batería), en la Barry Guy New Orchestra o en el Electro-Acoustic Ensemble del inglés. Pero el formato dúo tan sólo es testigo de la grabación de “Tempranillo” (Nova Era, 1995), una sesión que suena a lejana ahora que se conocen más y pueden encontrarse de nuevo, mano a mano, en un escenario. Empezaron suaves y evocativos. Fernández poetizando notas, Parker acariciando las suyas para avanzar juntos hacia algún lugar en común aún por concretar donde contarse confidencias. En aquellos momentos el diálogo se desarrolló sobrio, elegante, conciso, poético. El discurso del saxo, lleno de armónicos sutiles, casi imperceptibles pero capaces de hacer vibrar todo lo que es susceptible de vibrar por efecto simpático, llenaba la sala. El pianista se movía ligero por los registros agudos del piano, haciendo gala de un dominio incontestable del tempo oculto de la música. Poco a poco empezó a buscar profundidad en lo insondable a través de las teclas de la parte izquierda, graves, a la vez que Parker se adentraba en su particular bosque de notas, denso, ese que lo ha hecho conocido dentro de la escena de las músicas improvisadas, ese discurso musical que se desarrolla a lo largo y ancho, a lo grande, siempre vivo. A partir de entonces, el proceso dialéctico entre ambos se desplegó dentro de una cierta espesura y densidad en la mayor parte del tiempo. Se construían redes de sonido a veces infranqueables para el oyente. Muchos a mi alrededor cerraban los ojos para poder seguir mejor lo que pasaba ahí delante. El pianista jugaba más con los silencios que su compañero de escenario y por fortuna eso permitía airear una musicalidad que por intensa corría el peligro de ahogarse. Parker es un prodigio de la técnica pero su enorme capacidad puede rozar la incontinencia y vaciar la música de eso mismo, de música. Algunos le dirán a eso “intensidad” en mayúsculas. Personalmente prefiero llamarle “peligro de sobreinformación”. Eso sí, el dramatismo musical era efectivo y al final de la primera pieza los aplausos fueron igualmente apasionados.

A ese dúo inicial le siguió un solo de piano. Fernández fue deconstruyendo algo parecido a una danza arrítmica al principio; en su parte central se convirtió en una gran masa sonora coloreada con disonancias y desarrollada por el principio de la repetición obsesiva cercana al minimalismo; y se cerró con un toque tanguero al final. Fue una aportación con cierto aire cantabile que rompió con la tónica general de la velada. Si el pianista no renunció a lo suyo, tampoco lo hizo Parker cuando fue su turno para solear en solitario. El saxofonista optó por usar la respiración circular para crear un discurso hipnótico y hermético que dejó al público con la boca abierta. Es su espectacular especialidad, un reto a la resistencia física. De su saxo salía tanta riqueza de sonidos que parecía que estuviera tocando dos instrumentos a la vez. Los dedos iban a toda velocidad recorriendo toda la tesitura posible del instrumento, provocando todo tipo de efectos colaterales: se oían zumbidos, melodías, armónicos continuos, ruidos. Menos mal que al terminar esos 10 minutos de solo, Parker resopló de cansancio, con lo que demostró que, sí, es humano.

Las dos últimas piezas, bis incluido, nadaron entre la preciosidad y la riqueza de registros y dinámicas. El mallorquín usó algunas de las técnicas de piano preparado y el inglés volvió a usar algunos sonidos continuos que hacían claros en la densidad del bosque. En estas circunstancias, ante la grandilocuencia del discurso de Parker, cada silencio también se revalorizaba por mil. Fue al final de la actuación que los usó con algo de generosidad y Fernández pudo sobresalir con más libertad y llevar el discurso a un terreno más poético, de haiku extendido, cercano a lo que ya había sonado en los primeros minutos del concierto y dejando así una reconfortante sensación de círculo cerrado. Fue un final precioso, digno de dos grandes libreimprovisadores europeos que se admiran y se llaman mutuamente “maestro”.

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